La arquitectura maya tenía una función profundamente simbólica, religiosa y política dentro de la sociedad, ya que los edificios no eran concebidos únicamente como espacios funcionales, sino como representaciones materiales del universo y de la relación entre los seres humanos, los dioses y el orden cósmico. Dentro de esta concepción, los frisos y los mascarones ocupaban un lugar central, pues no solo embellecían las construcciones, sino que transmitían mensajes sagrados comprensibles para la comunidad. Los frisos eran decoraciones horizontales colocadas generalmente en la parte superior de las fachadas de templos y palacios, elaborados en estuco o piedra finamente trabajada, cuya extensión permitía representar escenas complejas con dioses, gobernantes, animales y símbolos geométricos. En ellos se mostraba el poder político y religioso, ya que los gobernantes aparecían asociados a elementos divinos para legitimar su autoridad, mientras que animales como la serpiente simbolizaban la conexión entre el cielo y la tierra y las aves representaban el plano celestial. Los motivos geométricos presentes en los frisos no eran ornamentales, sino que aludían al tiempo, al movimiento y al orden del cosmos, indicando además la función ritual o administrativa del edificio, por lo que estos elementos funcionaban como un lenguaje visual permanente. Los mascarones, por su parte, eran grandes representaciones de rostros monumentales modelados en estuco y colocados en fachadas o a los lados de las escalinatas, con un tamaño imponente que buscaba causar respeto y marcar el carácter sagrado del espacio. La mayoría de los mascarones representaba deidades del panteón maya, especialmente al dios solar y al dios Chaac relacionado con la lluvia, aunque también aparecían figuras del monstruo de la tierra vinculadas a la creación del mundo. Sus rasgos exagerados tenían significados específicos: los ojos grandes simbolizaban vigilancia y poder espiritual, las bocas abiertas representaban portales al inframundo y los colmillos aludían a la fuerza sobrenatural. En algunos casos, los mascarones representaban gobernantes divinizados, reforzando la idea de que estos eran intermediarios entre los dioses y los hombres, convirtiendo a la arquitectura en una herramienta de propaganda política y religiosa. Tanto frisos como mascarones reflejaban la cosmovisión maya basada en la división del universo en cielo, tierra e inframundo, donde los edificios simbolizaban montañas sagradas que conectaban estos niveles. El uso del estuco permitía aplicar colores intensos con significados rituales, como el rojo asociado a la vida, el azul al agua y lo sagrado, el verde a la fertilidad y el negro al inframundo. En ciudades como Uxmal, Kohunlich y Calakmul, estos elementos alcanzaron gran complejidad simbólica y estética, y aunque con el tiempo muchos mascarones fueron cubiertos por nuevas construcciones, esto formaba parte de un proceso ritual de renovación y continuidad. Hoy en día, los frisos y mascarones son fundamentales para comprender la religión, la política y la visión del mundo de la civilización maya, demostrando que su arquitectura no solo construía espacios, sino que comunicaba ideas sagradas y mantenía vivo el orden cósmico.